martes, 17 de febrero de 2009

El dilema


El dilema

La consulta del médico estaba a tope. Amalia había solicitado hora dos días antes. Estaba un poco nerviosa. Desde que llamó no hacía otra cosa que pensar como se lo diría. Se había propuesto no perder los nervios, tener la sangre fría y sobre todo no llorar.

Delante de ella había varias personas, por lo visto el doctor iba con retraso, como siempre. Le fastidiaba ir con el tiempo justo. Siempre había considerado que ir al médico era una necesidad, no un pasatiempo. Se planteó si lo suyo era una necesidad. Es curioso, se plantea algo parecido después de tener las cosas tan claras, de saber que lo suyo no solo era necesario sino que era urgente y, si lo profundizaba, una enfermedad.

Amalia tenía problemas a la hora de tomar decisiones. Habían momentos en que sus conflictos tenían soluciones, y otros, concluía que no tenia conflictos. Su principal dilema era si estaba o no enferma.

Mientras le continuaba dando vueltas a todo, le llegó el turno de su visita. Entró tímidamente, le ofreció la mano al médico y tomó asiento.

- Vamos a ver -le dijo con una sonrisa el doctor Valero. ¿Qué le trae por aquí?

- Doctor, mi marido me pega –le soltó de sopetón.

El doctor borró la sonrisa de su rostro. No dijo nada. Esperaba que ella continuase hablando. Permanecieron unos instantes en silencio. Seguidamente Amalia rompió a llorar.

Eso que se lo había propuesto. Le daba rabia llorar, cosa habitual en ella, aunque todo hay que decirlo, últimamente no lloraba tanto. Ella quería convencerse que no le quedaban lágrimas, pero sabía que no era eso, sabía que estaba perdiendo sensibilidad, que se estaba endureciendo, que aceptaba su sufrimiento como un desgaste más de su cuerpo, como algo natural de la vida.

El doctor Valero la miró con una expresión entre tierna y compasiva. Qué horror, había logrado que la compadeciese. Ahora ya no hablará como médico –pensó Amalia. Seguro que ahora me habla como persona.

- Mire doctor, lo que más me preocupa es que no asumo que necesito ayuda. Bueno en este momento sí, por eso estoy aquí. El hecho es que al poco rato de ser agredida le doy vueltas a mi cabeza y pienso que he sido yo que le he provocado, que me lo he buscado. Finalmente concluyo que me lo he merecido. Entonces lo único que me falta por considerar, y de hecho lo creo, es que me quiere mucho, por eso no me deja, y yo le estoy agradecida por ello. ¿Entiende lo que le quiero decir?

Le comprendía perfectamente. Era una mujer maltratada, eso estaba claro. Además había que poner remedio a un problema de baja autoestima, posiblemente con una añadido de varios síntomas depresivos, trastorno de personalidad y ese montón de conflictos internos que creaba estos estados tan críticos, tan dañinos, tan graves para el ser humano.

- Tiene que denunciarle –le dijo con un tono que no era discutible. Tendrá que tomar usted algunas decisiones importantes. No puede convivir con un ser que no la respeta ni la quiere. Además, le voy a recetar una medicación para seguir un tratamiento…

- No voy a denunciarle –le interrumpió Amalia. Al menos por el momento. Ahora lo que necesito es que usted me ayude a controlar mi mal genio, a tranquilizarme, para no provocar situaciones que terminan en una agresión. Doctor, tengo que darle una nueva oportunidad, seguro que cambia.

- ¿Pero, que está diciendo?, ¿Usted se está escuchando? –le replicó el doctor. Usted necesita ayuda y para eso ha venido. Yo no puedo ayudarla si usted no acepta que es una mujer maltratada, que tiene que alejarse de ese individuo que le hace daño. Y no se engañe, no cambiará.

Amalia se incorporó inmediatamente. Se disculpó con el doctor, de la misma manera que últimamente se disculpaba con el mundo entero por haber nacido.

- Lo siento, volveré en otro momento, cuando tenga las ideas más claras. Gracias por escucharme –le dijo al mismo tiempo que cogía su bolso y se dirigía a la puerta.

Salió del consultorio en un estado peor del que había entrado. No había servido de nada. Volvían los dilemas a su cabeza.

No habían transcurrido ni tres meses desde la visita al doctor Valero. Una ambulancia transportaba su cuerpo inerte después de una brutal agresión por parte de su marido. Ella le dio otra oportunidad, pero él nunca cambió.

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5 comentarios:

J.E. Alamo dijo...

Un tema terrible y lamentablemente, de vigencia diaria. Ojalá alguna te lea y tome esa decisión que la protagonista de tu relato no supo tomar.

milagros dijo...

Gracias J.E. Alamo por tu comentario. No puedes imaginar la ilusión que me ha hecho verte por aquí, pues yo soy una intrusa muy frecuente en tu blog.
Un saludo.

J.E. Alamo dijo...

Pues yo ya te he "linkado" en el mío ;-) Un abrazo

CESAR dijo...

No entiendo como ningún hombre puede sentirse con derecho de propiedad sobre una mujer. Encima con sentimiento de culpabilidad. A ver si esta lacra acaba de una vez. Un abrazo.

CESAR dijo...

Milagros, soy muy limitadito en esto de los ordenadores, quiero hacerme seguidor, pero no sé como. Un abrazo.